El niño Piscis
Como todo el mundo sabe, a la mayoría de los bebés se les encuentra bajo una hoja de col. A algunos los traen en ese largo pañal que cuelga del pico de la cigüeña, o llegan al hospital en el maletín negro del doctor. Pero tu pequeño Piscis no. Él vino directamente del país de las hadas, aferrado de un rayo de luna. Si te fijas bien, veras todavía en sus ojitos soñolientos el reflejo de elfos y árboles mágicos, que conceden deseos; hasta quizá le quede un rastro de polvo de estrellas pegado detrás de la orejita izquierda. Es posible que para el momento en que llegó a la sala de partos ya le hayan desaparecido las alas, pero tal vez conserve como un pequeño chichón en el lugar donde las tenía.
Habrás visto esas tarjetas de felicitación para las nuevas mamás, con imágenes de bebés blancos y rosados, llenos de hoyuelos, frágiles y envueltos en gasas, que vuelan alrededor de los versos. El artista usó como modelo a tu bebé Piscis. Eso podría hacerte creer que puedes llevar de la nariz a tu hijo de Neptuno, o que una vez que le hayas lavado las orejas para sacarle de ellas el polvo de estrellas, puedes moldearlo en la forma que a ti te guste. ¿Por qué no, si es un montoncito de arcilla suave y delicado? Vuelve a pensarlo. Piscis se abrirá camino con tanta seguridad como el vociferante bebé Aries con su carita encarnada, el regio y exigente pequeño Leo o el Torito fuerte y obstinado. La única diferencia residirá en que éste lo hará fascinándote a muerte y anegándote en océanos de dulces sonrisas. Tan pronto como se haya secado la tinta en el certificado de nacimiento, presenta el nombre de tu niño Piscis para el papel principal cuando se vuelva a filmar Peter Pan... o Alicia en el País de las Maravillas, si es una niña. Peter Pan y Alicia serán los personajes favoritos de los niños de Neptuno, y no necesitarán escenario para desempeñarse estupendamente en esos papeles; a los ochenta años seguirán brillando como estrellas en ellos. Los padres que repiten en un susurro la antiquísima plegaria: “Ojalá mi niño no creciera” conseguirán su deseo si es que su hijo nació bajo el signo del Pez. Los años no dejarán en él impronta duradera; siempre habrá sobre Piscis, suspendido como una niebla, un hálito infantil, soñador y mágico, como en los cuentos. Algo que le impregnará de misterio y de irrealidad para siempre y tres días más.
Cuando tenga edad suficiente para arrastrarse hasta el bote de mermelada y esconderse, ese extraño hijo tuyo mostrará su preferencia por vivir en un mundo de fantasía. Se complacerá en diversiones muy alejadas de los modales y rutinas de todos los días. Cuando esté en la sillita alta, comerá como un ángel si mientras le estás dando el puré finges que eres una reina o un payaso. Ponte de corona la pantalla de la lámpara y adórnate con todos tus viejos collares; o usa el plumero como peluca y llénate la cara de lápiz de labios y tiza, que su imaginación hará el resto. Cuando sea un poco mayor, jugará alegremente en el porche de delante de la casa mientras tú estás lavando la ropa, si te acuerdas de colgarle unos cuantos globos, poner música en el tocadiscos, alcanzarle sus animalitos de trapo, darle unas palomitas de maíz y decirle que está en el circo.
En la época en que empiece a ir a la escuela y a tener esos sueños, por la noche, recibirás un impacto alguna mañana cualquiera de primavera, mientras estés atándole los zapatos.
“Adivina a quien vi anoche”, te dirá en tono de confidencia, mientras tu mascullas alguna respuesta cortes, pensando donde diablos habrá puesto su jersey verde. Ah, ahí está, lo tiene puesto el osito, de cuando lo vistió ayer mientras jugaba a que era su mejor amigo.
Y cuando le preguntes a quien vio, te dirá como quien no quiere la cosa: “A la abuela Stratton. Estuvimos hablando largo rato y después se fue. Me pidió que te dijera que no te olvides de regarle los geranios ni de enviarle el dinero al tío Clarence”. Como la abuela Stratton murió antes de que él naciera, eso puede inquietarte un poco, así con el estómago vacío, antes del desayuno, pero no es nada comparado con la sensación de vértigo que tendrás después del café; cuando él ya esté en la escuela y el cartero te traiga una carta del tío Clarence, de quien no tenias noticias desde hacia cinco años, pidiéndote un préstamo para empezar un negocio.